¡Ahora Puedo Ver las Estrellas…!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Recuerdo una tarde en la que sentí que no me quedaba en el cuerpo una sola lágrima que derramar. Había llorado durante tanto tiempo, que todavía no sé de qué forma pude activar la voluntad para poder darle un paseo al perro.

Cuando salí de casa, empecé a caminar totalmente aturdida, sin fuerza ni rumbo alguno. Sólo miraba al suelo, recordando aquello que tanto me dolía y sintiendo como mis ojos volvían a llenarse de lágrimas.

En ese momento en el que supe que una oleada de profunda tristeza regresaba de nuevo… sencillamente permití que ocurriese, y entonces todo cambió.

Lloré, lloré muy fuerte sin importar quien pudiese cruzarse en mi camino, sin tratar de focalizar mi atención en otras cosas o desviar mis pensamientos… y mientras lloraba, mientras me entregaba a ese recuerdo… el aroma del aire cambió por completo. De repente, olía a hierba fresca y a limpio, de repente… la mirada de mi perro me estremeció y los árboles obtuvieron un precioso color verde que nunca antes había visto… De repente, me tropecé con un dibujo maravilloso pintado en una pared que me hizo sonreír durante largos minutos… De repente, en medio de tanta pena, me sentí viva.

Después de aquel día, todavía continúo con esa tristeza que no se va… y por supuesto, son muchas las veces que lucho contra ella gritándole que desaparezca, pero al final… la acojo en mi pecho, y la escucho. Sólo al escucharla es comprendida, y sólo al ser comprendida se hace más pequeña. Cuando eso ocurre, es tan minúscula que se convierte en una pequeña semilla, y de esa semilla brota la comprensión, el aprendizaje y el inicio de una nueva vuelta dentro de la mágica rueda del Samsara.

Lo que duele, duele, y no hay más. Huir del dolor y resistirse a él es el camino más humano, pero también el que más alimenta al propio dolor. Cuando huyes… lo ignoras, y si lo ignoras, acaba quedándose apartado en un rincón de tú alma, nutriéndose de las mentiras que le ofreces y transformándose en una fría y dura montaña que el día menos esperado se derrumba sobre ti.

Cada momento doloroso va acompañado siempre de un fascinante regalo y, como en el Ying y el Yang… dentro de la más penetrante oscuridad, siempre habrá un punto de luz que, precisamente por ser tan pequeño, concentrará en él una magia desbordante y muy, muy especial. Es la magia que surge de la mezcla entre las lágrimas y todo aquello que no puede dejar de ocurrir y que se manifiesta ante nuestros ojos para que a pesar de todo… lo acojamos en nuestro corazón.

¿Puedo estremecerme y sentirme viva dentro de un momento tan desgarrador? Absolutamente sí… ese es el regalo, ese es el puro Presente.

©  Irene Calero

 

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