EL TECHO DEL MUNDO EN EL PATIO DE MIS OJOS

El sufrimiento era irrefutable y camaleónico, como un hecho de la vida. Aunque desde niño el sentido de la aventura acarreó sus dolores, luego lo fui sintiendo más cercano, como si viniera pegado a la piel, el sufrimiento, con un efecto residual que penetraba en la respiración y la mirada. Todo esto sin que lo buscara; llegó el asma y el bullying, los dolores de cabeza, el miedo a las fantasmagóricas sombras de los árboles que entraban en la noche a mi habitación y a los sueños. Tenía una sensación como si me hubiesen lanzado del útero sin paracaídas.

Con los cumpleaños llegaron los tres deseos antes de apagar las velas, costumbre familiar que potenciaba el sabor del pastel. Aprendí a desear muy fuerte para liberarme de la angustia del temor. El deseo y el apego se desarrollaban como un antídoto a los sufrimientos. Fue en un aula de niño cuando leyendo unos proverbios de sabiduría de un pequeño libro azul, grité interiormente mi deseo más profundo que es posible haya motivado una vocación: – “eso quiero ser cuando grande, dije: ¡un sabio!”.

Rebotando espontánea y lúdicamente en la vida, sin sentir ningún control sobre nada, descubrí en el colegio la poesía como tabla de salvación: para empezar, de los juicios de una travesura; surgió la meditación introspectiva a través de la palabra poética, catarsis pura en las metáforas de la experiencia vivida. Entre mi confusión y asustadiza claridad que temía llevar a error a los demás, emerge el deseo de la búsqueda del significado a través de la filosofía y la sabiduría en las letras, como buscando que los poemas fuesen botijos de sentido o mínimo un trago de luz para los lectores. Hago caso a las inclinaciones y recorro la vía de la cruz, conozco un Jesús que bajaba serruchando nubes abstractas del pensamiento aburrido a los hogares de mis terceros mundos, olvidados por las jerarquías de sotanas con corona de reyes, embriagados en vinos de consagración sin sangre resucitada, abotagados de panes carentes de cuerpos crucificados. Sacudí las sandalias, seguí el camino hacia el estudio de lo divino en las tradiciones milenarias de sabiduría. De alguna manera, en dos años de oraciones de madrugada y vespertinas, Jesús comenzó a hablarme del Buda.

La cabeza contenta, el cuerpo limpio y el corazón aún insatisfecho flotando en los estudios de la divina sabiduría, apareció el mantra de la Compasión Despierta: OM MANI PADME HUM. 

Con cada paso de su recitación se reducían las tensiones del sagitario, esas que atilintaban la vida entre sus patas curiosas recorriendo lo terrenal y su visión que, apuntando con arco y flecha al espacio se perdía buscando estabilidad entre estrellas fugaces. Aferrado al canto del mantra se fortalecía la certeza de que la peregrinación era por dentro. Sí, estaba dicho en los libros, sabía que era más fácil leerlo que vivirlo, pero cuando se ha deseado desde el corazón y con el apoyo del mantra de la compasión, más temprano que tarde se termina apuntando al cielo interior, donde orbitan las particiones, como ecos de un lamento de universos insatisfechos.

Aún era un huérfano espiritual, con la intuición de apuntar en la diana correcta. Por más textos de sabiduría que degustara para fortalecer el camino hacia la verdad, mi alma continuaba en muletas; sin embargo, el valor para continuar surgía espontáneamente de la energía del mantra que no dejaba de recitar. La dicotomía se vislumbra desdibujándose. Llega la distinción entre el conocimiento de los demás (interminable en libros y palabras) y el conocimiento de sí mismo (tan doloroso y liberador como quitarse máscaras, tan cercano como el latido del corazón, tan total como uno mismo). Siento que protejo la mente de los capullos de la auto insatisfacción y de las falsas necesidades que vende sin piedad un mundo cada vez más erótico, por lo que me aferro al mantra protector de la mente, lo recito día y noche, mientras camino, en esperas, escuchando música, siendo y vaciado, entre lapsos laborales recito el mantra de las seis sílabas, con el sol y la luna.

De sorpresa, un amigo en el camino me comentó que había llegado a nuestro país, cerca de donde vivíamos, un Lama tibetano, un Maestro de verdad, y sin dudarlo, impulsado por el combustible del mismo mantra llegué al sitio donde como un sol refulgente, estaba ahí mi primer maestro raíz, impartiendo una enseñanza relacionada con el mantra de la compasión, el mantra de las seis sílabas. Nada de argumentos elocuentes, se requerían dos traducciones para que llegara algún entendimiento conceptual a la conciencia de mis oídos; su sola Presencia disipaba las dudas, su energía tejía la fragmentación fruto de la autointerferencia, y simplemente experimentaba la plenitud del Ser, del mío, el de todos y de nadie. El nostálgico y misterioso aforismo cuya sentencia establece que cuando el discípulo está listo, el maestro aparece, se cumplió, el “Techo del Mundo”, el Tíbet en persona estaba aquí en mi pequeño terruño. La sabiduría de los Despiertos del “País de las Nieves”, otrora impenetrable y más aún para mi juventud, estaba frente a mí, en el patio de mis ojos.

La búsqueda había terminado, hubo paz interior, gozo de calidez, se respiraba paz en la sala. Saboree ese contentamiento del Alma armada de un dulce coraje que sabía, que a partir de ese momento comenzaba sin miedo el trabajo interior. Recibimos del Maestro la Iniciación y el método que potenciaba la recitación del mantra. ¡Por fin encontré mi hogar en el Universo!

PRÁCTICA: 

Es bueno entrenarse haciendo sesiones cortas de meditación, para luego integrar lo que vamos descubriendo en las actividades de la vida diaria.

Primero elije un lugar tranquilo donde realizar la práctica de manera constante. Se limpia (barrerlo) con actitud de purificación mental Se puede ofrecer una velita, incienso (que el humo no afecte); y si se tiene pon en una mesita con la velita, una imagen de un Buda: que representa tu propio estado iluminado.

Sobre un mat (algo suave) y un cojín, o en una silla, te sientas con la espalda recta sin tensión, el pecho expandido, una mano sobre la otra recostadas en los regazos y la barbilla levemente recogidas. 

Estableces la intención suprema, cual es el decirte que vas a hacer la práctica para realizar el Despertar para beneficio propio y de todos los seres.

Recita entonces en tu lugar de práctica, recita sin interrupción el mantra Om Mani Padme Hum unas 7, 21, 108 veces, o por sesiones de tiempo, dispón de 15, 30, etc. minutos. Se aconseja empezar recitando en voz alta el mantra unas 3 veces, para continuar luego de manera susurrada. Luego de familiarizarte con la vibración o energía del mantra (sucede cuando se ha repetido muchas veces), puedes recitar el mantra mentalmente, aunque siempre es recomendable empezar la práctica recitándolo o susurrándolo por lo menos tres veces.

Conforme te vas familiarizando con la recitación del mantra, intenta practicarlo susurrado o mentalmente (nadie debe darse cuenta que estás haciendo un mantra), en situaciones cotidianas como cuando esperas ser atendido cualquier servicio al que acudes, cuando viajas en autobús, en tres, etc.  

Cuando terminas una sesión de recitación de mantra, ofreces la energía iluminada activada para la realización de tu Despertar para beneficio propio y de todos los seres sintientes. 

 

SIGNIFICADO DEL MANTRA:

Al recitar el mantra Om Mani Padme Hum, puedes pensar en el significado de las seis sílabas, tal como lo expone el XIV Dalai Lama. 

OM es una sílaba compuesta por tres letras: A, U, y M que simbolizan el cuerpo, el habla y la mente egoísta del practicante; también representan el cuerpo, el habla y la mente abierta y altruista de un buda. El cuerpo, el habla y la mente egoístas pueden transformarse en el cuerpo, el habla y la mente de apertura y altruista de un buda, pues en todos los casos, los budas fueron seres como nosotros y, gracias al camino se iluminaron. ¿Cuál Camino? El que se indica en las siguientes cuatro sílabas.

MANI, significa joya y simboliza los factores del método: la intención altruista de iluminarse, la compasión y el amor. Así como una joya es capaz de eliminar la pobreza, la mente altruista de la iluminación es capaz de eliminar la pobreza que conlleva las dificultades de la existencia cíclica plagada de sufrimientos. 

PADME son dos sílabas que significan loto, y simbolizan la sabiduría. Así como un loto crece en el lodo sin ensuciarse, la sabiduría es capaz de llevar a la superación de las contradicciones. Es la sabiduría que comprende la impermanencia de todos los fenómenos, incluyendo el “yo”. Es la sabiduría que supera la visión dualista.

HUM indica indivisibilidad. La transformación de la mente egoísta se realiza mediante la unión indivisible entre el método y la sabiduría. En el sendero del tantra hace referencia a una consciencia donde existen en forma completa ambas, la sabiduría y el método como una entidad indiferenciable. 

Este mantra tiene muchos significados. También se enseña que es la vibración del sonido del mantra lo que hace que se Despierte la energía de la sabiduría de la compasión en el practicante. Sin embargo, como vimos según el Dalai Lama, las seis sílabas: Om Mani Padme Hum, significan que, a partir de la práctica de un camino, que es la unión indivisible del método y la sabiduría, puedes transformar tu cuerpo, habla y mente egoísta, en el cuerpo, habla y mente liberada y altruista de un Ser Despierto. 

 

Oscar Jimenez ©

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